Por: Esteban Sánchez, Secretario orgánico Regional de Los Ríos.
“La semana pasada, la crisis medio ambiental que está afectando al borde costero de la Región de Los Lagos y, principalmente, a Chiloé, ha tocado fondo. Si hace algunos meses fueron las ballenas, luego las jibias, las sardinas, finalmente, hasta las jaivas y las machas, entre muchas otras especies muertas que varaban por millares ante el asombro y tristeza de los habitantes que vivieron del otrora riquísimo bordemar chilote.
Muy diferente es cómo afectó la muerte de los salmones de cultivos a sus dueños, pertenecientes a grandes grupos económicos de nuestro país que, por supuesto, no les significó grandes pérdidas, debido a los seguros contratados -que, por cierto, no benefician a sus trabajadores-. Para deshacerse de la mortandad, solicitaron verter 9 mil toneladas de salmones descompuestos al mar, supuestamente, a 70 millas de la costa. Sin embargo, según testimonios de pescadores y tripulantes, en algunos casos, fue a sólo 8 ó 10 millas de la costa.
Víctor Guanquil y Héctor Kol son dos biólogos marinos que cuestionan la versión oficial sobre la causa de la mortandad de las especies marinas, cuya causa sería el aumento de la temperatura del agua y luminosidad, producto del calentamiento global y el fenómeno del Niño, señalando que no existe evidencia científica de que la sola presencia de marea roja explique la muerte de las especies marinas, apuntando, entre otros factores, al proceso de eutrofización, proliferación de algas, producto de la carga de nutrientes como deposiciones y restos de alimento, generada por la sobrecarga de peces en los estuarios y mar interior chilote que, en combinación con las condiciones favorables generadas por el calentamiento global y el fenómeno del Niño, provocaron el peor desastre ambiental que recuerden sus habitantes.
No es la primera vez que la versión oficial y la de las empresas implicadas es cuestionada por la evidencia científica. Basta recordar lo ocurrido en 2004 en el Santuario de la Naturaleza Carlos Andwanter de Valdivia, con la muerte masiva de cisnes, donde, finalmente, la justicia estableció la responsabilidad de la empresa Arauco en la contaminación del humedal, condenándola a pagar una millonaria multa por el daño causado.
La industria salmonera en Chile es un clásico ejemplo de cómo la dictadura militar introdujo el modelo neoliberal aplicado a la extracción de recursos naturales con una concepción “minera”. En 1978, se creó la Subsecretaría de Pesca y SERNAPESCA, desarrollando entre 1978 y 1980, iniciativas para el fomento a la creación de empresas dedicadas a la salmonicultura que, junto a la débil legislación laboral y de regulación del medio ambiente, posibilitó la rápida expansión de la industria, durante la década de los ochenta, continuando durante la década siguiente, logrando espectaculares ganancias a costa de la explotación laboral y de las, entonces, prístinas aguas chilotas.
Fue la crisis del virus ISA, la primera voz de alerta sobre la falta de sustentabilidad de la industria, por cierto, desaprovechada como oportunidad de cambio, al no modificar su modelo productivo, lo que, ahora, le pasa una cuenta mucho más alta de lo que hubieran imaginado. Si bien, aún es necesario realizar estudios científicos más acuciosos, la percepción social es que la industria salmonera es directa responsable de buena parte del daño ambiental en el archipiélado, lo que es fácilmente observable al apreciar el impacto paisajístico y de la basura de sus centros de cultivo, acumuladas en las playas de la zona.
Entre las demandas de la mesa territorial de Chiloé está realizar un estudio sobre el impacto medio ambiental de los treinta años de la industria salmonera y establecer nuevas condiciones para el futuro de su funcionamiento, así como las indemnizaciones que debieran pagar las empresas a la población afectada. Anular la Ley de Pesca y establecer una Ley de Acuicultura son también demandas del movimiento. Sin embargo, eso no es suficiente y nos obliga como sociedad a buscar alternativas de desarrollo pensadas desde la economía del bien común, el buen vivir y la sustentabilidad medio ambiental que pongan la economía al servicio de los más desposeídos antes del lucro que beneficia sólo a unos cuantos oligarcas, que nos permita recuperar el equilibrio que hemos perdido”.